Véus do Tempo
Môa, la pintura entre el hombre y el artista
         Moacir “Môa” Moreira ejerce la pintura en su más tradicional definición; su obra está hecha de la ordenación de manchas de color que crean espacios, figuras, ritmo y volúmenes en sucesivas deposiciones de materia sobre el plano. Ejercicio de lo esencial, es pintura de la mano, del gesto y del sentimiento expresados en el soporte; pintura como un reflejo de las pasiones, mediadora física de pura subjetividad. Por otro lado es pintura que revuelve las entrañas y saca a la luz su propia anatomía; pintura reflexiva y cerebral que articula piezas racionalmente y firma sucesivos acuerdos con los elementos que la constituyen. Es una pintura de sólida motivación romántica que finalmente llega a la concreción por la vía de la contestación moderna.
         Figuras emblemáticas de su obra, los pájaros son el motivo de la pintura de Môa desde hace 25 años. Marcas visibles que impregnan de belleza el cruel paso del tiempo, esos pájaros agrupados en revuelos son granos en un reloj de arena, agujas del reloj marcando segundos o siglos, haciendo de la pincelada testimonio metafórico de lo real, del tiempo pasado y del tiempo vivido; de los hechos concretos y de los hechos subjetivos. Así todas las estructuras pictóricas en la obra concebida por Môa en los últimos años encuentran su fundamento en procedimientos constructivistas, repitiendo y sobreponiendo siluetas hasta que esa acumulación de imágenes se constituya en un frenético tránsito de volúmenes, con insinuación de aberturas y en sugestión de velocidad. Dispuestas sobre diferentes soportes, esas estructuras adquieren distintos potenciales de significación y más importante que eso, dejan transparentar tres procesos muy particulares de creación poética.
         Cuando pintados sobre la tela, por ejemplo, los revuelos asumen su nítida naturaleza concreta, reafirman los elementos básicos de la pintura, sujetándose a la planaridad limitante del cuadro y realzando en el espectador el sentido de afección al color, al movimiento y a la materialidad del objeto artístico.
         Una vez pintados sobre los velos, esas mismas estructuras ensayan una emancipación del cuerpo concreto, anuncian vuelos metafísicos y, aprovechándose de la delicadeza del soporte translúcido, virtualmente dispensan la mediación del signo cuando pasan a hablarle a la imaginación. Pulsando sobre el papel emulsionado y bajo las sucesivas aplicaciones de veladuras, por otro lado, los revuelos de Môa cumplen un régimen de transición y latencia. Aquí pintura y repintura se convierten en instrumentos de potencialidades descubiertas y el tiempo de ejecución de la obra se transforma en un camino de revelaciones, presentando metáforas visuales para el desplazamiento y haciendo referencia directa a la acción del proceso del creador.
         Hablo del proceso del creador cuando en verdad debería referirme a la condición peculiar de este creador. Toda su pintura es el resultado de una condescendencia no premeditada, de un acuerdo silencioso entre el artista y la obra – acuerdo que permite tanto al artista subvertir y redimensionar objetivos estéticos cuanto permite a la obra darse por concluida cuando al fin de una larga relación con el pintor brinda a sus demandas con una imagen de inesperada belleza.
         Justamente este estado abierto y apasionado de Môa con su trabajo es lo que eleva su pintura a la condición de verdadera arte, al asumir el ejercicio de la expresión no sólo como una actividad simbólica, sino principalmente como una actividad material y concreta. De este modo Môa afirma de manera simultánea forma y contenido, medio y mensaje, intención y resultado.
         Al asumirse pintor, pintando, se abre Môa hacia la historia del arte y para la historia de la subjetividad presentando una obra que pone sobre la mesa de discusiones de un lado Signac, Seurat y Mondrian y del otro Warhol, Rauschenberg, Donaldson y Tanto-Festa. De un lado el deseo, la pasión, la nostalgia y la inocencia del hombre y del otro la disciplina, la seguridad del gesto, el mirar crítico y la actitud inquieta del artista.
Gleber Pieniz
Periodista, Magister en Artes Visuales
Junio de 2003
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